martes, 9 de marzo de 2021

Unidos por el metal

 



El amor fraternal es una cosa y que dos hermanos puedan trabajar juntos otra muy diferente. No obstante, el mundo artístico ha dado ejemplos de que puede suceder con más o menos atino. Ahí tenemos a los incombustibles Hermanos Calatrava, que llevan tanto tiempo juntos que es imposible distinguir al feo del guapo. O los hermanos más famosos de nuestro pop, los Cano, constructores de una leyenda musical en nuestro país a pesar de llevarse regular.

Pero yo hoy os voy a hablar de dos ‘hermanos en jazz’ bastante desconocidos para el gran público, pero a los que todos habéis escuchado al menos una vez en la vida. Me refiero a Randy y Michael, los hermanos Brecker.

Con una trompeta y un saxo, respectivamente, esta pareja de geniales sopladores se paseó por la música durante décadas dejando su impronta en los discos más variados y sorprendentes. Pocos saben que su aplomo como sección de metales galvanizó aquel mítico Born to Run de un entonces joven Springsteen, dieron empaque a algunos temas del Blue Moves del Elton John de los setenta, aportaron un maravilloso toque jazzy a discos de Paul Simon o incluso de Beatles como Lennon o Ringo. Y todos reconoceréis la famosa melodía creada por Mark Knopfler para la película Local Hero, pero pocos sabríais que el inconfundible saxo que la interpreta estaba empuñado por Michael Brecker.

Mal estaría no recordar que ambos, además de curtirse con luminarias del jazz como Horace Silver, formaron en los setenta una banda con la que dejaban clara su consanguinidad, los Brecker Brothers. Con ellos revolucionaron el jazz-funk y casi rozaron la disco-music. En los ochenta, el pequeño Michael – por quien tengo especial debilidad - co-fundó otra banda fundamental para entender la fusión: Steps Ahead, mientras que su hermano Randy seguía participando en cientos de proyectos interesantes.

En mi primera visita al festival de Vitoria creí tener la oportunidad de ver a Michael en directo, pero los primeros avisos de la leucemia que se lo llevó por delante dieron al traste con mi ilusión. Su hermano Randy, a su avanzada edad, sigue apareciendo de cuando en cuando, manteniendo siempre muy alto el legado de estos dos hermanos unidos por el metal.

martes, 2 de marzo de 2021

El descubrimiento de la luz eléctrica



Hay descubrimientos que se producen sin avisar y casi por casualidad, y el álbum Discovery de la Electric Light Orchestra tiene mucho que ver con esto.

Su líder, Jeff Lynne, descubrió y disfrutó la música de baile en esa época, a finales de los setenta. También tuvo la revelación, como antes los Beatles, de no necesitar actuar en directo para pasarlo bien. Y, para desgracia de su violinista y dos violonchelistas, también se encontró con opciones orquestales diversas que le permitieron mandarlos a la cola del paro.

Por mi parte, gracias a todos esos hallazgos ajenos, me sumergí en la música de una banda que ocuparía muchas horas en mi adolescencia, dándome enormes satisfacciones. Disfruté mil y una veces de los bailones temas de ese trabajo, como su inicial single Shine a Little Love, que me aprendí de memoria de tanto pincharlo, aquel Last Train to London que hoy en día sigue sonando en todas las emisoras, así como la pegadiza y algo simplona Confusion, con la que no termino de reconciliarme.

Pero también descubrí la mejor forma de conseguir la cercanía del sexo opuesto –con consentimiento expreso, por supuesto, no sea la retroactividad de la Ley Montero llegue hasta la EGB- con dos de mis baladas favoritas, Need her love y Midnight Blue, que me permitieron reducir al mínimo el espacio entre chico-chica en esos años de guateques en garajes.

Pero no todo ese disco estuvo enfocado a las pistas de baile –lentas o rápidas- porque en él hay espacio para temas algo estrafalarios, como The Diary of Horace Wimp, o joyitas ocultas como On The Run o Wishing. Y lo terminaron con un riff rocanrolero marca de la casa ‘eléctrica’, Don´t Bring Me Down, capaz de derribar a cualquiera a pesar de cantar lo contrario.

Muchos años después me enteré de que el título de aquel mítico disco en realidad provenía de la combinación de dos palabras con las que su teclista, Richard Tandy, describía el ambiente general de la grabación, realizada en el cuartel general alemán del mayor discotequero de la historia: Giorgio Moroder. Todo aquello era ‘very disco’, y acabaron dándole la vuelta. ¡¡¡Menudo descubrimiento, ¿no?!!!


martes, 23 de febrero de 2021

Sobrevolando Inglaterra

 


Ser el menor de los hermanos puede tener ventajas e inconvenientes, pero desempeñar un rol similar en la banda de rock más importante de la historia debió causar a un jovencito George Harrison motivos para ir a terapia al menos dos veces por semana. Tuvo que luchar duro, tímidamente al principio, de forma más enérgica después, para que le dejasen mostrar su talento, algo complicado enfrentándose a dos tipos que sacaban de su chistera una obra maestra tras otra casi sin pestañear. 

Tras la traumática separación de la banda, para colmo, llegó la personal, viendo a su mujer caer en brazos de su mejor amigo, un tal Eric Clapton. Las acusaciones de plagio por uno de sus mayores éxitos —My Sweet Lord— también amargaron la década de los setenta al benjamín de los Beatles, pero no le impidieron seguir grabando música. 

Mi primer contacto con el Harrison post-beatles fue la deliciosa Blow Away, single que aún conservo como oro en paño, pero uno de mis discos favoritos es Somewhere In England (1981), también rodeado de polémica. Su propio sello vetó la publicación de algunos temas por, según ellos, estar alejados de las modas del momento. Eso le inspiró Blood From a Clone, canción inicial en la que exhibe su repugnancia por la industria discográfica. Al final acabó editando un trabajo digno, interesante y atemporal. Sin abandonar su habitual faceta espiritual, reflejada en las deliciosas Life Itself y Writing's On The Wall, también mostró interés por «standards» como Baltimore Oriole y Hong Kong Blues, piezas de Hoagy Carmichael, el compositor del famosísimo Georgia on my mind. Pero lo más recordado de ese trabajo es la nostálgica All Those Years Ago. Era para Ringo pero, incapaz de cantarla, obligó a George asumirla. En su letra evoca recuerdos felices en The Beatles, tal vez influido por la reciente desaparición de Lennon. Por si faltaban alicientes, grabándola se re-encontraron en el estudio los tres Fab Four supervivientes.  

La historia ya ha colocado a George en el lugar que merece, pero su carrera en solitario sigue siendo injustamente desconocida. Para empezar a remediarlo os invito a recuperar aquella colección de canciones escritas desde algún lugar de Inglaterra


martes, 16 de febrero de 2021

Uno de los nuestros


No soy un fulano con la lágrima fácil, parafraseando al más famoso pirata de Úbeda, pero hace unos días se me encogió un poquito el alma cuando un buen amigo y gran melómano, Carlos Romeo, dejó un escueto pero contundente mensaje en mi whatsapp: “Ha fallecido Chick Corea”. Tendí a pensar, dados los tiempos que corren, que se trataba del bulo del día en un mundo tan asquerosamente falso que parece que no salgamos del 28 de diciembre en todo el año.

Pero se confirmó la triste noticia y no pude por menos que, desde mi sofá y mientras hacía como que veía algo en la tele, recordar como ese pequeño gran hombre, que comparte nombre con mi hermano Armando, había marcado mi vida desde la adolescencia. Casi gasté de tanto pincharlo My Spanish Heart, su particular homenaje a una música –el flamenco- que le cautivó desde su descubrimiento. Sus obras de los setenta, más cercanas al rock – Romantic Warrior, The Mad Hatter, No Mystery, etc -, me animaron a profundizar en una música a la que cuesta llegar pero de la que es imposible salir. Y entonces descubrí al Corea poliédrico, ese pianista que no dudaba en atacar el más puro bop parkeriano, adentrarse en experimentos free, interpretar a Mozart o juntarse con el mejor guitarrista flamenco de la historia para hacer música celestial, con tanto swing como duende.

Recuerdo mis nervios en la segunda o tercera fila del Teatro Cervantes en 1990, esperando a verlo en directo por primera vez con su contundente Elektric Band. O, años después, un reencuentro en otro lugar mítico, Mendizorroza (Vitoria), lugar soñado para los aficionados, en la presentación de su proyecto Touchstone con nuestro querido Jorge Pardo. Lo que no imaginé en julio de 2019 es que el coso taurino de mi tierra iba a ser el último escenario donde yo pudiese presenciar su magia a los teclados.

Como me ocurrió en su día con Bowie –que diferentes, pero que similares-, siento una tremenda ausencia en el arte desde que se ha marchado. Me consta que se estaba gestando su candidatura al Princesa de Asturias. ¿Podía alguien merecerlo más que aquel que, sin ser español, ha interpretado tantas veces por todo el mundo un tema llamado Spain?


martes, 9 de febrero de 2021

Liderando águilas

 


Parece mentira que sigamos a vueltas con la igualdad entre sexos, pero aún me llama más la atención que continúen esos comportamientos en países tan supuestamente avanzados como los EEUU, donde ya en el pasado siglo muchas artistas sufrieron discriminación por el solo hecho de formar parte del mal llamado sexo débil. Una de ellas, mi protagonista de hoy, la excelente cantante Linda Ronstadt.

De jovencita dejó su casa en Tucson, Arizona -como el Jojo de Get Back-, y emigró a donde todo se cocía en el mundo del rock del fin de los sesenta: California. Y en pleno corazón del progresismo y la modernidad tuvo que soportar críticas por ser solo intérprete y no compositora cuando nadie se quejaba sobre esa misma condición aplicada a un Elvis o un Sinatra. Sumémosle lo duro que resultaba liderar una banda de rock siendo mujer y manejar con mano dura y tacto a la vez a sus músicos, algunos tan machotes que no veían con buenos ojos tener jefa. Hasta con el público tuvo problemas, que la confundían a veces con una groupie.

Aun así, tras probar en trio con los Stone Poneys, inició su carrera como líder acompañada por los que después fundarían la banda Eagles. Ya por esa época colaboró con una de las grandes del jazz, Carla Bley, en su mítico Escalator Over The Hill (1970), una de las pocas óperas jazz de la historia.

Su mayor virtud fue transformar e incluso mejorar temas de grandes compositores. Por su garganta desfilaron versiones de Randy Newman con Bet No One Ever Hurt So Bad, Neil Young y su precioso Birds o Carole King con la deliciosa Will You Love Me Tomorrow, esta última en Silk Purse, un disco de una belleza inversamente proporcional a su portada, en la que aparece una angelical y sonriente Linda posando junto a unos cerdos en su pocilga. No sé si la cosa iba con segundas. Su gran éxito llegó mediando los setenta con You´re No Good, un tranquilo funk con aires al Philadelphia Sound, que sigue siendo un referente en una carrera impecable en la que ha entonado desde standards a rancheras. Hace poco abandonó los escenarios por un Parkinson avanzado que no la deja cantar. Que eso no nos prive del placer de escuchar a esta pionera en el mundo del rock femenino.

martes, 26 de enero de 2021

Jazzyrap

 


Es bien conocido el refrán ‘nunca digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre’. Yo procuro tenerlo cada vez más presente, sobre todo en lo tocante a lo musical, porque hace años me hubiese costado bastante prestar atención a ciertos estilos alejados, en teoría, de mi vademécum musical. Y uno de ellos era el rap.

Pero la vida te lleva por caminos inesperados. La triste desaparición en 2013 del gran Larry Martin me obligó a tener que buscar con urgencia un nuevo batería para la grabación de uno de mis discos y eso me hizo a conocer a Dani Domínguez. Este gallego, otro gran maestro de las baquetas, entre toma y toma en el estudio y con inusitada emoción, comenzó a contarnos al resto de músicos que andaba tocando en la banda de un rapero, que resultó ser nada menos que Kase.O. Este había montado un proyecto en el que una banda acústica y eminentemente jazzística daba soporte a su discurso. No os voy a engañar, en ese momento no le hice mucho caso. Pero como tengo la costumbre de almacenar en mi disco duro cerebral cualquier recomendación, me hice con el disco de Jazz Magnetism en cuanto pude.

Más recientemente otros dos amigos, el periodista Jacinto Castillo y el músico Kike Parra me han vuelto a poner en la senda del hip hop, cada uno a su manera, y este proyecto, que une de forma magistral jazz y rap, ha vuelto a mi vida con más fuerza que antes. Incluso me ha hecho investigar un poco en una cultura que tiene muchos más vasos comunicantes con el jazz y el resto de música afroamericana de lo que yo podía pensar previamente.

El mítico Louis Armstrong -todo un pionero del rap con su Heebie Jeebies-, la genial Sheila Jordan, el mismísimo Miles -como siempre, metido en todos los ajos- o gente tan ‘sangre limpia’ como Branford Marsalis, han incorporado elementos del hip hop en su música o colaborado con raperos de prestigio.

Pero de todo lo escuchado en estas semanas, nada me ha resultado más interesante que el disco de ese trovador urbano de origen maño interactuando con cuatro grandes músicos de jazz. Dejad que ejerza ese magnetismo también sobre vosotros.

 

martes, 19 de enero de 2021

Las paradojas de Roy

 



Le conocí como Lefty Wilbury, uno de los viajeros de la colorida pero misteriosa portada de un vinilo adquirido en la sección de discos de Pryca (aquella primera gran superficie almeriense); no sabía aún que era uno de los mejores cantantes que ha dado Norteamérica, Roy Orbison.

A veces la realidad te supera y algo así le ocurrió a él. La misteriosa figura de hombre triste tras gafas oscuras de este trovador de melancólicas melodías comenzó debido a una casualidad y a su extrema timidez. Pero acabó convirtiéndose en realidad cuando le tocó sufrir ciertas tragedias familiares difíciles de superar.

En sus inicios, con The Teen Kings, quiso ser rocanrolero, siguiendo los pasos de su admirado (y muy pronto también amigo) Elvis Presley. Pero el triunfo le llegó cuando su prodigiosa voz comenzó a entonar las intensas baladas por las que ha pasado a la historia. Si no os emocionáis con temas como Only The Lonely, Crying, It´s over y, sobre todo, el intenso bolero Running Scared, comprobad si os sigue latiendo el corazón. Paradojas de la vida, su hit más celebrado acabó siendo la alegre Pretty Woman, composición que, gracias al cine, terminó asociándose con la profesión más vieja del mundo.

En su momento más dulce es cuando le golpea la tragedia: en menos de dos años pierde a su mujer y a dos de sus hijos, en sendos accidentes. Para colmo, el mundo musical le vuelve la espalda en los setenta, y las nuevas modas ―psicodelia, progresivo o hard rock―  le pasan por encima como una apisonadora.

Su recuperación llegó en los ochenta gracias a aquellos que siempre le habían admirado. Ahí estuvo el cineasta Lynch incluyendo In Dreams en Terciopelo Azul, o George Harrison ―con quien compartió giras y amistad en los sesenta junto a The Beatles― incluyéndole en los Travelling Wilburys. Finalmente, Jeff Lynne decidió que una figura de su valía tenía que volver por todo lo alto. Pero su débil corazón no supero tanto trajín, dejando de latir un mes antes de que su nuevo y multiplatino trabajo, Mistery Girl, saliese a la calle. Y llega la segunda paradoja: Mientras You got it alcanzaba el número uno, Roy no lo consiguió disfrutar.