martes, 18 de junio de 2019

Lo que necesitas es amor

Cuando contaba con solo doce años compré un disco llamado A single man, que acababa de editar un aparentemente elegante caballero – si nos fijamos en la portada – llamado Elton John. Recuerdo aún los esfuerzos por hacerle distinguir a mi abuela Eloísa, fan declarada del tigre de Gales, que ‘El Tom Jones’ de mi disco era otro. Entonces, escuchando Part-time love o Madness no podía imaginarme que brotaban de una mente tan genial como atormentada. Rápidamente me hice fan irredento de ese pequeño y extravagante personaje cuyo nombre real es Reginald Dwight y en pocos años, uno a uno, adquirí todos sus fabulosos trabajos de los 70.

El pasado fin de semana disfruté y me emocioné con Rocketman, el biopic en forma de musical que nos cuenta su azarosa vida. Conocía detalles de su biografía pero no es lo mismo leerlos que reencontrarse con el personaje y viajar con él, con la ayuda de las geniales letras de su socio Bernie Taupin, el 50% de uno de los tándem compositivos más perfectos de la historia del rock y el único que en esa época lo apreció sinceramente. 
Para el gran público Elton es ese personaje histriónico del inicio del film disfrazado de diablo rojo y rogando con la mirada la misma cantidad de cariño que de cocaína. Bajo esa cabeza portadora de sombreros mas estrafalarios que los de su propia reina se esconde una de las mentes musicalmente más perfectas que conozco.
Hoy no es momento de glosar sus grandes discos - de algunos ya os he hablado y de otros hablaré – sino de recomendaros la película. Más de uno os sorprenderéis de cuantas melodías reconocéis y no os preocupéis por la cronología de las mismas porque, de forma tremendamente hábil, están colocadas en el momento en que las letras se adaptan mejor a los sucesos de su vida. Por eso, por ejemplo, una relativamente reciente I want love suena durante su niñez, época en la que comenzaron sus carencias afectivas.
El aprendizaje, la constatación de su homosexualidad, su ascensión, sus múltiples adicciones, un intento de suicidio, la negación de su condición – llegando a casarse con una mujer, Renate Blauel, boda que recuerdo haber leído en un Diez Minutos de la época –, y su posterior renacimiento con Too low for zero, el disco que le devolvió la vida y a su medio-hermano Bernie, todo ello está relatado en una película que no ahorra detalles escabrosos. Si a Elton no le importa contarlos, a mi tampoco que aparezcan. 
El  ’hombre-cohete’ debería ocupar, en mi opinión, un puesto mucho más alto del que ostenta en el Olimpo de los dioses del rock. Id a ver la película pero, por favor, escuchad sus discos.


miércoles, 12 de junio de 2019

Arturo Sandoval: Vuelo hacia la libertad

Arturo Sandoval volvió a pisar el Maestro Padilla el pasado domingo, dejando claro por qué se le considera el heredero más directo de Dizzy Gillespie.


Un profesor de Einstein escribió sobre él: ‘este chico no llegará nunca a ninguna parte’. A Verdi no le aceptaron en la Escuela de Música de Milán por no colocar correctamente las manos sobre el piano. Son dos anécdotas sobre el  poco tino de algunos ‘expertos’ que hoy en día serían, sin lugar a dudas, jurado de algún concurso musical televisivo. 
La historia de Arturo Sandoval comenzó de forma similar. Siendo un niño en su Artemisa natal, su primer profesor lo mandó a casa espetándole: ‘Deja la trompeta y deja la música, porque no es lo tuyo’.  Superando el desánimo, agarró el instrumento con fuerza y sopló hasta que le sangraron los labios. No sabemos si ese nefasto pedagogo pudo comprobar mas tarde de qué forma tan espectacular se había equivocado, pero el ahora veterano trompetista reconoce haber pensado siempre en él.
En su juventud despuntó en la Orquesta Cubana de Música Moderna, y la inquietud de sus miembros– entre ellos Chucho Valdes o Paquito D´Rivera – y su pasión por el be bop les llevó a fundar Irakere. Salió al mundo para constatar que en su país se había derrocado a un sátrapa para colocar a otro. Su pasión era el jazz, pero allí no estaba bien vista la música del enemigo imperialista. En una visita a la isla de su héroe, Gillespie, se le ofrece como cicerone y acaba asombrando al maestro con su arte, que en poco tiempo le invita a unirse a la Big Band de la ONU. Algunos años después sigue los pasos de su amigo Paquito y vuela hacia la libertad, titulando así su primer trabajo grabado en los EEUU. Esta es la figura que el pasado domingo volvió a pisar nuestro auditorio. Ya estuvo aquí en noviembre de 2008, cuando aún disfrutábamos de un Festival Internacional de Jazz.
Comenzó la Clasijazz Big Band Swing and Funk con una acelerada versión del standard de Ellington Prelude to a kiss, haciendo su aparición el saxofonista malagueño Enrique Oliver. El clásico The gentle rain de Luis Bonfa, introdujo al maestro David Pastor, cuya trompeta vibró ya al alto nivel que la tarde prometía.
Pero la entrada del maestro Sandoval al escenario fue lo que hizo que el volumen y la entrega de los jóvenes – y no tan jóvenes – miembros de la banda se multiplicase al ritmo del Funky Cha cha, junto a otros dos invitados de excepción, Cristian Rodríguez en percusión y timbales y el trompetista venezolano Yturbides Vilchez.
Me sorprendió que alguien nacido en Cuba y residente en California se mostrase quejoso del calor almeriense pero, sobreponiéndose a la puntual avería en la refrigeración, se desprendió de su chaqueta, empuñó con fuerza su trompeta y se lanzó al espectacular Algo bueno (Woody and me). 
No muchos conocen su pasión por el piano. Lamentó que su familia, siguiendo las costumbres de la época, le negasen la formación en un ‘instrumento para señoritas’. Demostrando que también se sobrepuso a eso, ofreció una inspirada improvisación sentado al gran cola. Mientras la banda interpretaba Stella by Starlight, se tomó un descanso para volver a empuñar la trompeta y soplar la eterna melodía del Body and soul. La escuché de primeras en Reunión (1991), su reencuentro con D´Rivera, y fue mágico disfrutarla en directo. Tras el lirismo, decidió recordar el score de Los reyes del mambo, otro de sus primeros trabajos para el mercado gringo, y con Mambo caliente y ese saborcillo a Pérez Prado nos hizo desear ser buenos bailarines. El concierto no podía finalizar sin el homenaje directo a su maestro y mentor, Dizzy Gillespie, y con renovados arreglos llegó la descarga de A night in Tunisia.
A la mañana siguiente, durante su masterclass en Clasijazz, pude ver al Sandoval menos estrella, más humilde y cercano. Me quedo uno de sus consejos: Mas importante que el talento es la dedicación plena a lo que amas. Como reza el título de la película sobre su vida, For love or country, Arturo tuvo que decidir entre un país que prohibía la forma de arte que más amaba o su pasión y consagración a la música. Triunfó el jazz.


martes, 4 de junio de 2019

Tiempos de con-fusión

Los ortodoxos, en general, no traen nada bueno. En la religión son los más intransigentes y en la política ya vemos en lo que desemboca eso de la pureza de las razas. En la música, aún sin ser tan peligrosos, nunca me han parecido recomendables. Y no debieron pasarlo nada bien los defensores de la integridad estilística a inicios de los setenta del pasado siglo. El rock movía el mundo, grandes estadios, sonido atronador, guitarras eléctricas a tope de distorsión y los primeros sintetizadores. Por si eso fuera poco, sumémosle fama, dinero, drogas y sexo. Un reclamo sumamente potente para algunos músicos que, aun siendo muy jóvenes, se habían curtido en el jazz.
Entre seguir acompañando a veteranas glorias en pequeños clubs o subirse al carro de la modernidad, la electrónica y, porque no decirlo, las limusinas y hoteles de lujo, no dudaron demasiado.
Miles Davis, viejo zorro ya en esa época, les enseñó casi todo poco antes, pero cuando se emanciparon comenzaron a cambiar la historia de jazz. 
El primero que se electrificó fue el británico John McLauglin. Iluminado, como tantos otros en esa época, por el hinduismo y re-bautizado Mahavishnu, llamo así a su banda con la que asombró a propios y extraños con una mezcla de casi hard rock con virtuosismo jazzístico y algo de psicodelia oriental. 
Otros dos aventajados de la vanguardia, Joe Zawinul y Wayne Shorter, emprendieron otro de los proyectos clave en la fusión, con un nombre que suena a final de telediario: Weather Report. Juntos facturaron una discografía impresionante, donde los envolventes y orquestales teclados del primero y el electrizante saxo del segundo llevaban la batuta.
Chick Corea fue quizás el más tardío, pero el más mediático. Con una increíble versatilidad, comenzó dándole a lo latino – lo llevaba en la sangre – y brasileño, pero cuando subió el volumen, sus Return to Forever eléctricos eran capaces de levantarte del asiento. Difícil encontrar en esta música alguien tan versátil como Chick, en cuya discografía encuentras fusión con el rock, vanguardia rayana en el free, aires flamencos, latin-jazz, coqueteos con el progresivo, standards clásicos, improvisaciones a piano solo, dúos con vibrafonistas o cantantes y hasta interpretaciones de Mozart. Nada se le resiste al payo Corea, de quien en breve hablaré más largo y tendido.
Herbie Hancock sería la pata que falta para completar este banco de las mezcolanzas musicales, y es imposible hacerse una idea de lo que es la mixtura del jazz con el rock sin haberles escuchado ¿Todavía no lo habéis hecho? Absténganse los puristas. 

martes, 28 de mayo de 2019

La banda sonora que nunca existió



La expresión ‘alinearse los planetas’ suele usarse para definir hechos insólitos o que se producen cada mucho tiempo ya que, al parecer y vaya por delante no soy un experto en astronomía, en nuestro sistema solar es prácticamente imposible que se de esa circunstancia.
Trasladado al arte, asombra pensar que en el mismo espacio-tiempo pudiesen coincidir en Argentina esos genios llamados Les Luthiers, en el Reino Unido los Monty Phyton, o en EEUU los Marx, y estos últimos en una misma familia.
En el pop se suele recurrir sistemáticamente a The Beatles como ejemplo de concurrencia de talentos en un mismo momento y lugar, pero se olvida a bandas como los 10cc. 
Cuenta la leyenda que eligieron su nombre por  tratarse del doble del volumen medio que el sexo masculino es capaz de eyacular en una sola tirada. Puede que no sea cierto, pero tiene su gracia. Lo incuestionable es que sus miembros sí que estaban musicalmente bastante por encima de la media.
Cuatro británicos, Kevin Godley, Lol Creme, Graham Goldman y Eric Stewart, los dos primeros más atrevidos y el otro tándem más amantes de la melodía y sin miedo a la comercialidad. Juntos formaron un ente tan perfecto que es inexplicable que, hoy en día, casi nadie hable de ellos.
Analizando su discografía se descubren de inmediato sus fortalezas: multi-instrumentistas que intercambian papeles sin despeinarse, fabulosos cantantes con voces que empastan a la perfección, compositores imaginativos y, a la vez, gamberros en sus letras o incluso en los títulos de sus discos. Su obra más conocida, The Original Soundtrack (1975), no era la banda sonora de ningún film, y su segundo long play, Sheet music (1974), podría traducirse como partitura o como ‘música de mierda’, según se pronuncie.
Esa inexistente BSO incluyó sus dos temas más legendarios: la mini-suite Une nuit a Paris -  dicen que pudo inspirar levemente a Mercury para su famosa rapsodia publicada poco después - y la atípica balada I´m not in love. En esta, exprimiendo los medios técnicos de la época, inventaron un rudimentario sintetizador de voces. Un servidor, por cierto, la ha interpretado mil veces en un arreglo jazzístico que hacíamos con el Diego Cruz Quartet.
Sus dos miembros más audaces abandonaron el barco formando el dúo Godley & Creme, y justo en esa época tardía, ya con los más melódicos al mando, los conocí yo con el infravalorado Bloody Tourists (1978), una obra que comenzaba con el reggae más divertido que he escuchado en mi vida, Dreadlock Holiday. Parafraseando una de sus estrofas, podría afirmar que no me gustan los 10cc, los amo. 

martes, 21 de mayo de 2019

Para hacerles un monumento


Analizando la situación del jazz en nuestro país llego siempre a dos conclusiones: Una, que la formación y técnica de los músicos es cada vez más perfecta y depurada, al mismo nivel que en otras partes del mundo. Y la otra, que sigue siendo casi imposible vivir de ese estilo en España.
Pero lo que realmente sorprende, cuando buceas un poco en la historia, es que el jazz cuajase en esta tierra nuestra y sobre todo en el momento en que lo hizo.
En la España de los 40, con la guerra mundial a punto de terminar y nuestro particular dictador jaleando a los nazis, todo lo que llegaba por aquí con cierto olor a jazz era catalogado directamente como creado por el diablo. Aquí se escuchaba copla y flamenco, pues era de todos sabido que esa era la música que agradaba a dios. Con los boleros de Machín algo de swing se colaba, pero bajo la voz de Don Antonio no escocía demasiado.
En ese caldo de cultivo fue poco menos que milagroso que surgiese una figura como Tete Montoliú en Cataluña, por mucho que allí estuviesen culturalmente algo más avanzados. La afición de sus padres por la música y su curiosidad tendrían algo que ver, y sorprende que ya en los cincuenta el mismísimo Lionel Hampton lo invitase a grabar con él.
A su vez, el joven navarro Pedro Iturralde giraba por media Europa, enriqueciendo su lenguaje de una forma que hubiese resultado imposible sin traspasar nuestras fronteras.
Ambos dos, junto a otros históricos como Juan Carlos Calderón – el de las canciones de Mocedades y tantas otras – Vlady Bas, Joe Moro o Pepe Nieto, comenzaron a encontrarse en el Whisky Jazz, en noches del Madrid de los cincuenta que uno imagina repletas de humo, alcohol y bellas mujeres – Ava Gardner era una habitual – y allí se curtieron en largas jam sessions acompañando a figuras como Gerry Mulligan, Hampton Hawes, Donald Byrd o Carmen McRae. Algo después un quinceañero Jorge Pardo ya se colaba a hurtadillas en el local, donde no podía quedarse a veces por no poder pagar su consumición.
Con ese espanto llamado Eurovisión aún en la retina, y la reciente vergüenza ajena al comprobar cómo el pseudo-jurado de La Voz no reconocía a Jose María Guzmán cantando la mítica Señora Azul, estoy seguro de que a estos enormes músicos, que han forjado la historia de nuestra música con mayúsculas, tampoco les reconocerían ni premiarían.
Mucho se habla sobre retirar ciertas estatuas de otros tiempos, pero nadie propone erigir otras que las sustituyan que rindan honor a los músicos que elevaron el nivel cultural de nuestro país del tal forma que, hoy en día, se nos considera importantes.

martes, 14 de mayo de 2019

Billy ya no es tan niño



‘Hay un hombre sentado al piano….’ que se nos ha hecho mayor. La pasada semana Billy Joel rebasó su séptima década y, aunque hace mucho que no copa las listas de éxitos, aún sigue  llenando estadios con sus conciertos.
Nunca he entendido porqué uno de los grandes de la música norteamericana no ha tenido calado en nuestro país, donde la mayoría de los españoles solo reconocen su existencia cuando mencionas la versión que de su primer éxito, Piano man, interpretó AnaBelén en los ochenta, cuya letra comenzaba como este artículo.
Los que me conocéis sabéis que para mí si tiene un significado especial. No dedicas todo un proyecto musical a alguien que no te parezca, cuando menos, un genio.
Y es que algo singular debe tener ese tipo bajito de ojos saltones con aire de boxeador italiano para haber parido algunas de las melodías más legendarias de la música pop. El propio Billy recuerda no haber estado muy seguro de enfocar su vida a la música – durante sus inicios se arrastró por los mismos bares de mala muerte que describe en su celebérrima canción – hasta el día en que canturreando en el piano del hall de un hotel descubrió a dos súper modelos mirándolo con ojos golosones. Decidió que había elegido la profesión correcta y acabó casándose con una de ellas.
Celebraré su onomástica recomendando solo un disco, mi favorito: Turnstiles. Su declaración de amor a Nueva York, ahora considerada casi la más importante ciudad del mundo pero que en 1976 se encontraba en franca decadencia y al borde de la quiebra. En ese momento Billy, harto del sol de California decide Say goodbye to Hollywood –canción inspirada en la Motown, la música de su infancia - y retornar a su hogar.
Ahí podréis encontrar algunas de sus grandes obras maestras. Sus conciertos desde entonces – y los míos en su homenaje, por cierto – comienzan con Angry Young man, uno de sus temas más grandiosos, dedicado a los jóvenes ejecutivos cabreados y nerviosos que quieren comerse el mundo. La delicadeza acústica de James – dedicada a Jim Bosse, su amigo de adolescencia y quien me puso a mí en contacto con el maestro – nos deja desarmados. La futurista Miami 2017 (Seen The Lights Go Out On Broadway) narraba la destrucción de NYC y pareció algo apocalíptica en su momento, pero tristemente recobró vigencia tras el 11S.
Pero si hay un tema que representa como ninguno ese homenaje es New York state of mind. Con el permiso de Sinatra, el más grande tributo a la ciudad que nunca duerme.Para mí, la mejor forma de felicitarlo es dejarse envolver por esa maravillosa canción. Hagámosla sonar una vez más.

martes, 7 de mayo de 2019

Poco ruido y mucha música


Hay músicos que pasan de puntillas por la vida. Los melómanos los conocemos desde siempre, nos encanta su trabajo pero, quizá por su bajo perfil mediático, casi nunca están presentes al nombrar a nuestros favoritos. Lamentablemente a veces es la muerte la que, de sopetón, nos pone por delante a alguien que desata un torbellino de recuerdos y, paradójicamente, empiezas a echar de menos al que casi no mencionabas hasta el día anterior. Hace un par de semanas falleció Dave Samuel, y sé que muchos pensareis ‘pues ya lo siento, pero no tengo el gusto’.
A mediados de los 80 mi amigo Paco Clares compró un par de discos en la errónea creencia de que eran de rock. Pertenecían a Spyro Gyra, una banda que practicaba algo llamado smooth jazz y nosotros, para ser sinceros, aún ni teníamos claro que era el jazz en general. Esos dos discos, Catching the sun y Alternating Currents, se transformaron en mis favoritos de esa banda y ya contaban con un elegante e imaginativo vibrafonista llamado Dave Samuels. El vibráfono no es un instrumento extremadamente popular y, en general, se asocia al aprendizaje y la infancia, porque ¿a quién no le regalaron la versión para peques - el xilófono - en su niñez?. Junto a su hermana de madera, la marimba, son unos instrumentos fascinantes y extremadamente complejos de dominar y que han tenido su mayor desarrollo precisamente en el jazz. Ahí están grandes como Lionel Hampton, Cal Tjader, Gary Burton o Bobby Hutcherson. Pero a mí me enganchó el sonido cristalino de Samuels. En el 91, cuando los festivales de jazz de Almería eran de verdad internacionales, pude verlo con los Spyro en el Teatro Cervantes. Fuera de la banda matriz su carrera fue fructífera y de calidad, decantándose claramente por lo latino y caribeño, con discos en solitario como el delicioso Del sol, colaboraciones con artistas que van desde Frank Zappa a Pat Metheny y, sobre todo, sus interesantes trabajos con el Caribean Jazz Project , iniciados junto a Paquito D´Rivera
Tuvo que ser otro enorme músico el que hizo que lo reencontrase de nuevo en un escenario. Ocurrió en el 2012 durante la presentación del Huellas de Jorge Pardo, disco en el que Samuels había colaborado, sumándose como invitado especial en la gira posterior. Acudí a ese concierto algo despistado respecto a los músicos que acompañaban a Jorge y mi alegría fue mayúscula al reencontrarme con ese músico tan prudente como exquisito y en un contexto de flamenco fusión donde jamás hubiese esperado topármelo.
Sirvan estas líneas como homenaje a Dave y a todos los músicos discretos que hacen poco ruido y mucha música.