martes, 19 de marzo de 2019

El movimiento perfecto



Dicen que el movimiento se demuestra andando, pero en la década de los sesenta y en Inglaterra muchos jóvenes músicos lo hicieron tocando o, más bien, creando música muy original y que desencadenaría poco después drásticos cambios.
Es norma extendida suponer que The Beatles fueron los creadores de muchas tendencias en la música de su década. Una afirmación no del todo correcta porque, si bien es innegable que los cuatro de Liverpool se arriesgaron y adentraron en terrenos desconocidos hasta ese momento para el gran público, y que no se abandonaron a la comodidad que el éxito les había brindado, también es no menos cierto que no fueron ellos los inventores de todas las tendencias de la época y que, en ocasiones, ejercían más bien como esponjas musicales que absorbían con mucho acierto lo que les rodeaba, para después popularizarlo.
De forma que, mientras los escarabajos cargaban las balas de su Revolver, ya un inquieto y extraño músico llamado Roy Wood andaba componiendo también canciones que rompían con los cánones establecidos, aunque apoyándose en las estructuras del pop de la época.
Su banda, The Move, comenzó siendo polémica y transgresora, al publicitar su primer contrato con una fotografía en la que los músicos firmaban sobre la espalda de una guapa modelo en topless – hoy en día a ver quién se atreve a tanto – o apoyando la campaña de uno de sus primeros singles, la deliciosamente psicodélica Flowers in the rain, en una postal que satirizaba de tal forma al primer ministro británico de la época, Harold Wilson, que les costó sus royalties de por vida. Pero todo ello no empañaba sus aportaciones innovadoras, siendo pioneros en la incorporación de melodías provenientes de la clásica y en el uso de los cuartetos de cuerda integrados en una banda de rock, que ya aparecen en temas como Night of fear o The girl outside.
En mi juventud ya escuché a esta original banda, y mi asombro fue mayúsculo al comprobar que llevaba oyendo desde mi más tierna infancia, en manos de la orquesta de un tal Enrico Simonetti, uno de sus éxitos más sonados, el melancólico Blackberry way, escondido en uno de los discos de la colección de mi padre.
No encuentro un ejemplo mejor que el de los chicos de The Move para explicar que es una banda de culto y sus requisitos básicos: ser tan ignorados por el público como influyentes para formaciones posteriores.  En el tablero de ajedrez de la historia musical, el siguiente movimiento de su líder fue, indudablemente, el más acertado: convertirse en la Electric Light Orchestra. Lo que se dice una jugada maestra.

martes, 12 de marzo de 2019

Entrevista a Ricardo Hernández (Editor y redactor Jefe en Subterránea Radio)



“Uno de los motores necesarios para aprender cualquier materia es considerarse siempre un aprendiz en modo permanente “

Fue abducido en su juventud por un estilo musical fascinante que ha marcado su vida. Vinculado siempre al mundo de la música como técnico de sonido, comisario de exposiciones, crítico y divulgador, este apasionado historiador y melómano visita Almería con su recién editado libro "Rock progresivo para novatos”, una didáctica y divertida obra que presentará este viernes 15 de marzo a las 19:00 horas en la Librería Picasso.


- Para empezar, Ricardo  ¿qué es el rock progresivo?
Un estilo musical que surge al fusionar el rock, en cualquiera de sus vertientes y variedades, con otros estilos, que pueden ir desde el sinfónico clásico hasta el pop, pasando por el jazz, el blues, la ópera, la psicodelia, la música electrónica o incluso el folk.
- ¿Que ocurrió entre finales de los 60 y mediados de los 70 para que triunfase a nivel tan masivo?
Se dieron una serie de circunstancias, derivadas de innovaciones tecnológicas de gran aplicación en el entorno musical, unidas a una serie de no menos importantes cambios sociales y culturales, que contribuyeron a alterar no pocos paradigmas.
- ¿En qué tipo de música te consideras un novato y te vendría bien un libro como el tuyo?
En muchos, creo que uno de los motores necesarios para aprender cualquier materia es considerarse siempre un aprendiz en modo permanente. Es muy necesario crear libros que ayuden a conocer y comprender mejor la música de una forma que resulte cercana y amena, en lugar de caer en el habitual exceso de verborrea cultista, que se da con demasiada frecuencia en músicas consideradas como más complejas, como la clásica o el jazz.
- ¿Que asusta tanto del rock progresivo al oyente medio?
No es tanto susto como miedo a lo complejo.  El oyente medio está tan contaminado por la música comercial, pachanguera y facilona, que no tiene el oído acostumbrado a sonidos diferentes, y cuando escuchan una música que se sale de los convencionalismos propios del pop comercial o de las constantes repeticiones de compases 4/4, tienden a intentar escapar en lugar de pararse a escucharlo y tratar de comprenderlo.
- Un solo un disco para alguien que quiere adentrarse en el género y que no salga espantado ¿cual elegirías?
Es una pregunta difícil, porque dependerá mucho de los estilos que más le gusten al oyente, por ello en el libro incluyo un capítulo entero a este asunto, tratando de que cada uno pueda encontrar su guía óptima de entrada al rock progresivo. Yo empezaría por Dark Side of the Moon o Wish You Were Here, de Pink Floyd.
- ¿Tu banda prog favorita? ¿y alguna que te encante, pero alejada de este género?.
Mi banda favorita es Pink Floyd. Con respecto a músicas algo alejadas de estilos progresivos, podría citar a Fleetwood Mac y a varias bandas de música celta, como Cappercaillie, Clannad o Nightnoise. Dentro del rock más duro , Black Sabbath y Judas Priest, aunque no por encima de otras bandas que sí tienen toques más progresivos, como Deep Purple, Rainbow o Uriah Heep.
- Aun siendo experto desde hace años ¿existe alguna banda o artista que se te resiste o te cuesta asimilar?
Si, sobre todo Magma y el estilo que han creado: el Zeuhl. Aunque no se trata de un rechazo frontal, sino simplemente que no encuentro la misma satisfacción escuchando su música como me sucede escuchando otros estilos. Me parece un grupo impactante, y Christian Vander un compositor genial, pero su música no logra emocionarme.
- Hablemos de España, ¿qué bandas practicaron este estilo por aquí?
Hubo muchas, por mencionar algunas citaré a Canarios, Smash, Los Brincos, Maquina!, Tapiman, The Storm, Crack, Ibio, Bloque, Iman, Granada, Triana, Asfalto, Goma, Itoiz, Neuronium y muchas otras.
 Y en la actualidad ¿se hace prog en España?
Hoy en día hay una auténtica explosión de músicos y bandas que realizan música de todos los estilos y subestilos imaginables. Por mencionar algunas: On the Raw, Cheeto’s Magazine, Kant Freud Kafka, Kotebel, Senogul, Amoeba Split, Numen, Ignatius, Toundra, El círculo de Willis, Mind’s Doors, Herba D’Hamelí, El Tubo elástico, Frutería Toñi, Glazz y muchos más.
- Las nuevas generaciones consumen mas iVoox y YouTube que radio y TV convencionales. ¿beneficia a las músicas de más calidad y a propuestas como el podcast Subterranea, del que eres fundador?
Rotundamente sí, las nuevas plataformas de difusión nos permiten llegar a más personas, y se están convirtiendo en un canal de comunicación cada vez más variado, reflejo de la sociedad y sus inquietudes, lejos de los dictados de los monopolios que han controlado el cotarro durante las últimas décadas.
- Por último, un capitulo de tu libro lo titulas, con humor, ‘Como parecer un experto’; en el jazz existe postureo, ¿también en el progresivo?
¡Uf, sí, y mucho!, demasiado, diría yo. Me temo que es un mal asociado a estas parcelas de la cultura, que se encuentran reducidas en su ámbito de conocimiento a sectores de la sociedad más o menos minoritarios. Parece ser que eso hace que algunos se sientan superiores y pretendan dar una imagen falsa de sí mismos.

Cuando el rock encontró al prog


Decía el veterano Ariel Rot en una imaginaria conversación con el gran Sinatra, que ‘al estilo lo llevaron detenido y la elegancia ahora viaja en ambulancia’, lamentándose por la deriva de la música popular hacia derroteros que, hoy en día, podríamos asociar a los ‘triunfitos’ y al ‘reggaetoneo’, pero que lleva décadas atosigando los oídos de los que crecimos con una cierta sensibilidad artística.
A principios de los ochenta un joven técnico de sonido madrileño, Ricardo Hernández ya tuvo que sufrir en sus carnes esa deriva hacia lo hortera y lo banal, esa pérdida de sensibilidad que representaron gran parte de los sonidos que nos invadieron a partir de esos años. El arte musical, en poco tiempo, se había convertido en un frio negocio en el que las decisiones eran tomadas por orondos señores encorbatados y  donde, frente a las corcheas y los acordes, lo primordial era el capital y las listas de éxitos.
Seguro que en esa época, soportando sonorizar a bandas de músicos que apenas sabían tocar su instrumento pero que grababan discos y se hacían de oro, se le reafirmó aún más su pasión por la verdadera buena música, la que finalmente pasa a los libros de historia, donde en la actualidad nombres como Keith Emerson, Rick Wakeman o Roger Waters ya se codean sin rubor alguno con Beethoven o Charlie Parker.
En la música, tan importantes como los creadores son los divulgadores. Son los agentes comerciales de lo artístico. El divulgador no critica sino que focaliza su energía en mostrar las bondades de lo que ama, ignorando aquello que no le provoca satisfacción, pues su objetivo es transmitir a los demás lo que le parece hermoso. Y en ese noble oficio es donde destacan Ricardo y el proyecto Subterranea, del que es fundador.
Las nuevas formas de comunicar están haciendo renacer el gusto por lo radiofónico, con la comodidad que da el sistema de podcasting, y en esa fortaleza se apoyan, desde hace ya nueve años, unos locos aficionados al género del rock progresivo, atesorando tanto entusiasmo como conocimientos y demostrando que, en contra de lo que muchos piensan, el prog nunca murió, y además está en muy buena forma.
Especiales sobre bandas míticas, reseñas sobre discos actuales, descubrimientos de rarezas y, muy importante, buen ambiente mezclado con sentido del humor, es lo que transmiten el Sr. Hernández y sus compañeros de Subterránea Radio. Y, por si faltase algo, acaba de editar un libro en donde se recopilan muchos de estos conocimientos y sensaciones: Rock progresivo para novatos. El próximo viernes se presenta en la Librería Picasso. No me faltéis.


martes, 5 de marzo de 2019

Que le corten la cabeza


Este desequilibrado mundo en el que vivimos cada vez se asemeja más al que Lewis Carroll imaginó en su relato más célebre. Enciendes la televisión y te das de bruces con tertulias más absurdas que la famosa merienda de Alicia con el sombrerero loco, la liebre de marzo y el lirón. En su irracional y peligrosa locura, el comportamiento de la reina de corazones coincide con el de ese portador de fregona amarilla en la cabeza que rige los destinos del país más poderoso de nuestro tiempo. En nuestra propia nación, esos dos líderes conservadores tan similares que parecen intercambiables, ¿no os recuerdan a los absurdos e inquietantes gemelos Tweedledum y Tweedledee?
Pero no voy a viajar al siglo XIX sino al 1978, año en el que un ya experimentado Chick Corea decidió trasladar esta historia a su universo musical, uniendo muchas de las características que lo habían hecho famoso: su reverencia por clásicos contemporáneos como Bartok, su pasión por lo latino, la fusión con el rock y su dominio de los sintetizadores. Pero, por encima de todo, su pianismo a ratos romántico, heredero del mejor Evans o, en ocasiones, tan percusivo como el del maestro Monk. Y se sacó de la manga un disco que hizo que los ortodoxos pidiesen a gritos su cabeza.

Y es que cuando uno escucha The mad hatter y quiere estamparle la consabida etiqueta, no sabe muy bien que escribir dentro de ella. Su etéreo inicio con The Woods deja claro que no estamos ante un disco de jazz al uso. Cuando hace aparición el cuarteto de cuerda y la sección de metales, en temas como The trial, acompañando a una operística Gayle Moran, se funden los plomos de más de un rancio. Y, de repente, nos sorprende con lo que ha acabado siendo uno de los  mayores standards del jazz moderno, el luminoso Humpty Dumpty. Los sinfónicos arreglos de temas como Dear Alice o el apoteósico final con The mad hatter rhapsody hacen las delicias de los que, como yo, no hacen ascos a la fusión de estilos, disfrutando de momentos casi progresivos que dan paso a improvisaciones que son puro latin-jazz. Sus acompañantes de lujo – Eddie Gómez, Joe Farrell y Steve Gadd - no hacen más que elevar el valor de una obra que fascinó a un servidor siendo quinceañero, conquistándome de por vida para el mundo del jazz
Quizás la metáfora de la fascinante historia de Alicia que más se adapta a nuestros tiempos es la del conejo blanco, estresado por no llegar a tiempo a nadie sabe dónde y cuyo reloj podríamos sustituir ahora por un smartphone. Dejemos de ser como él, detengámonos un segundo y disfrutemos de obras como la que os propongo hoy.

martes, 26 de febrero de 2019

Elemental, querido Denny

El mundo literario está plagado de brillantes personajes a cuyo lado aparece ese compañero de fatigas relegado a un segundo plano, como  el sufrido Watson de Holmes, ese incesante cofre de refranes llamado Sancho que seguía a Don Quijote, o incluso el abnegado Pablo Mármol aguantando al insoportable Pedro Picapiedra.
En todos hemos de reconocer que el actor principal se llevaba el gato al agua, con mayor o menor mérito, pero también que el gregario que seguía su estela ayudaba bastante a que su ilustre compañero destacase aún más.
Ese es justo el papel que le tocó vivir a un joven de Birmingham llamado Denny Laine cuando un ya consagrado Paul McCartney le propuso formar parte de su nueva banda a principios de los 70, aquella con la que intentó sanar las aún lacerantes heridas que la traumática separación de sus colegas de Liverpool le habían dejado.
Pero este guitarrista, cantante y compositor no era un neófito. De hecho, formando parte de una de sus primeras bandas, The Diplomats, ya había podido ver muy de cerca a los Fab Four, cuando una lejana noche del 63 tuvieron la suerte de telonearlos.
Pero quiso el azar que antes de militar en la alada banda del ex Beatle, participase también  en la fundación de otra histórica formación del rock británico, The Moody Blues, con los que puede alardear de haber conseguido su primer hit, Go Now, antes de que aquellas noches de blanco satén los hiciesen inmortales.
Inquieto y aventurero, los dejó justo antes de su consagración para embarcarse en un curioso experimento, Electric String Band, mezcla de rock con un cuarteto de cuerdas que sentó un precedente poco después aprovechado por bandas como la Electric Light Orchestra.
El éxito le fue esquivo en esas postrimerías de los 60, pasando por diversas formaciones, incluida la Fuerza Aérea del excéntrico y algo desagradable Ginger Baker hasta que, al inicio de la década dorada del rock, recaló en los Wings.
McCartney ha eclipsado siempre a todos sus músicos, pero Denny consiguió mas logros que ninguno, convirtiéndose en su mano derecha y aportando a esta mítica formación no solo su habilidad guitarristica, sino también su buen gusto en los arreglos y una estupenda voz, en ocasiones solista. Y también colocando algunas de sus composiciones; buenos temas como Time to hide o Again and again and again eran de su cosecha, participando como co-autor incluso en el mítico Mull of Kintyre. Pero el ex beatle siempre fue voluble en cuanto a sus acompañantes, así que cuando ‘las alas’ se derritieron y Macca pasó a otro asunto, imaginad a quien le tocó la peor parte. Elemental, querido Denny.

martes, 19 de febrero de 2019

El caso de la rubia platino

¿Habéis soñado alguna vez que alguno de vuestros padres era ese artista al que tanto admiráis?. Sabiéndose adoptada, una joven norteamericana sí que fantaseo con ser la hija secreta de Marilyn, sin imaginar que años después ella misma se iba a convertir en otra diva al mismo nivel que la añorada Norma Jean y usando sus mismas armas: un enorme talento, rubia cabellera y un físico de infarto que enamoró a medio mundo.
La joven Deborah Harry comenzó sus andanzas por el Nueva York de finales de los sesenta alternando sus primeros escarceos artísticos con trabajos de oficina rutinarios, o incluso como bailarina o conejita de Playboy.
Pero la suerte le sonrió cuando a mediados de los setenta conoció al guitarrista Chris Stein – convertido también en su pareja – y junto a él fundó Blondie, una de las bandas más relevantes de su generación. Poco después medio mundo colgaba en su habitación posters con su imagen, relevando generacionalmente a las explosivas rubias de Hollywood, porque cuando Debbie miraba a cámara parecía estar cantándote solo a ti.
Sus dos primeros trabajos - el homónimo Blondie (1976) y  Plastic Letters (1977) -  en los que practicaban un punk suave de toques cincuenteros ya anunciaban el tsunami, pero fue Parallel lines (1978), un disco encuadrado ya en la escena New Wave y lleno de hits - salvando alguna rareza kingcrimsioniana - el definitivo con el que conquistaron todas las cimas.
El explosivo Hanging on the telephone dejaba claro su carisma, y temas como Picture this o One way or another eran joyas del pop de un disco cuya creación estuvo rodeada de un pésimo ambiente, algo que en ocasiones parece favorecer el nacimiento de obras maestras.
El  tema que los elevó a los altares fue precisamente en el que renegaron de su estilo más crudo, rindiéndose al de las pistas de baile. Heart of glass dio la vuelta al mundo y puso en movimiento a varias generaciones con un ímpetu comparable a los mismísimos Bee Gees.
Alcanzar el cielo es lo que tiene, que después toca caer. Pero en el descenso siguieron haciendo historia con composiciones como Dreaming o Call me.
Debbie demostró elegancia permaneciendo al lado de su pareja durante una larga enfermedad pero, una vez curado, pasó pagina, se divorció e inició su carrera musical y cinematográfica en solitario, no tan exitosa pero muy digna.
María, a final del siglo XX, marcó el retorno con la banda y su última entrada en listas. Hoy por hoy su voz y su cuerpo no son los mismos, pero la rubia platino aun pisa escenarios con cierto garbo. Afortunadamente no imitó en todo a su heroína de infancia.

martes, 12 de febrero de 2019

Un tren en movimiento

Que rectificar es de sabios es algo de lo que nadie debería olvidarse, y mucho menos los políticos que rigen nuestros destinos, que demuestran una y otra vez que son capaces de llevarnos a situaciones desagradables con tal de insistir todos en su cabezonería.
Nada más sano que recoger cable a tiempo y este fue el caso del ya veterano Elton John, alguien que lo fue todo en los 70 y que, a base de publicar discos insulsos en parte de los 80 y 90, casi logra auto sepultar una trayectoria cautivadora en sus quince primeros años de actividad.
Enamoró a medio mundo con Your song y, disco a disco, fue dejando un reguero de éxitos combinados con calidad sin parangón. Desde su admiración por lo americano en Tumbleweed Connection, el brillante Honky Château, el autobiográfico Captain Fantastic, pasando por la maravilla multicolor de Goodbye Yellow Brick Road o su ultimo gran disco de los ochenta, Too low for zero, Elton pareció encarar esa década con energía. Pero fue registrando trabajos cada vez más indolentes y entrando en una espiral de conformismo musical tan alarmante como decepcionante para los que creíamos en el genio de ese pequeño portador de sombreros estrafalarios y gafas extravagantes.
Acercándose el nuevo milenio, quizás espoleado por sus giras con otro grande, Billy Joel, y su inesperado éxito con la BSO de El Rey león, tuvo que ser un trabajo del entonces joven promesa Ryan Adams, Heartbreaker, el que lo instigó a retornar a sus raíces, pariendo uno de sus trabajos más estimables.
En Songs from the west coast (2001) retornaba, sobre todo, al piano acústico. Pero también volvía a contar con viejos conocidos, como Paul Buckmaster en los arreglos, o su clásico y enguantado batería Nigel Olsson. Y de esta forma compuso, con la ayuda en la lírica de su alter ego Bernie Taupin, un manojo de canciones que merecerían formar parte de cualquiera de sus viejos vinilos. Destacaba la beatelesca I want love, con su mágica progresión de acordes, pero también había lugar para la indignación en American Triangle, homenaje a un homosexual cruelmente asesinado, o la crítica a la falta de apoyo en la lucha contra el SIDA de ciertos gobiernos norteamericanos en Ballad of the boy in the red shoes. Pero si algún tema de ese disco me emociona hasta el atisbo de lagrimilla, esa es la conmovedora This train don´t stop there anymore que cierra el disco.
La vida, la de Elton y la nuestra, es como un tren en movimiento que no vuelve a parar nunca más en la misma estación, así que aprovechemos cada minuto, y no malgastemos nuestro tiempo en estériles discusiones