martes, 5 de febrero de 2019

Culpable de éxito


Desgraciadamente el bullyng siempre está de actualidad, pero algunos artistas sufren esta lamentable práctica no en su etapa escolar sino justo durante su vida profesional, siendo objeto de chanzas y burlas que se catalogarían como acoso en el caso de suceder dentro de un aula. Uno de ellos ha sido, desde hace décadas, el cantante y batería Phil Collins. Las bromas han llegado a tanto que hace poco un graciosillo lanzó un crowdfunding en change.org solicitando ayuda para lograr que Phil no editase un nuevo disco. Nunca hay que perder de vista la comedia, y supongo que a Collins – caso de enterarse – le sacaría una sonrisa, pero creo que hay mucho de postureo en los que, por definición y prácticamente desconociéndolo todo sobre la carrera del calvo británico y universal, se dedican a despedazarlo sin contemplaciones.
El tito Phil – así le llamamos los que lo apreciamos en lo que vale – tuvo aptitudes artísticas desde jovencito. En su niñez participó en el musical Oliver e hizo su primer protagonista en la película juvenil Calamity the cow. Su interés por la percusión se le despertó temprano, fundando sus primeras bandas en la adolescencia, formaciones como The Real Thing, Freehold o Hickory, esta última reconvertida en Flaming Youth, con la que en el 68 grabó la obra conceptual Ark 2, antes incluso de que la banda que lo encumbró, Genesis, diesen su primer paso discográfico. Y ya entonces cantaba y componía a un nivel bastante aceptable.
Tras su entrada en Genesis se transformó en pieza clave de una de las formaciones más mágicas de la historia, aportando no solo su virtuosismo tras los tambores sino sus habilidades vocales: For absent friends, una gema de Nursery Cryme (1971), lleva ya su voz. Tras la marcha de Peter Gabriel, aceptó el reto del relevo al micrófono, grabando maravillas como A trick of the tail o Wind and wuthering, que cualquier ‘genesiano’ de pro tiene en la más alta estima. Se le achacó la deriva comercial de la banda, pero los que conocemos la historia sabemos que hubo quizás más empeño por parte sus otros dos socios, Banks y Rutherford. En su carrera en solitario enlazó un hit tras otro, con melodías que todos hemos bailado o tarareado en alguna ocasión. ¿Qué vendió mucho?  ¡Señoría, culpable por hacer canciones de éxito!. Hasta en el mundo del jazz realizó serias incursiones como su proyecto Brand X o la Phil Collins Big Band.
Despreciar el talento y hablar sobre lo que se desconoce es un deporte muy extendido que abunda en nuestro país, pero el acoso y derribo hacia Collins me demuestra que la ignorancia tiene carácter universal.

martes, 29 de enero de 2019

Sonidos de un futuro pasado



Durante mi época de estudiante en el conservatorio me recomendaron un curioso disco, Baroque music on authentic instruments, editado por Hungaroton, única discográfica existente en Hungría durante muchos años, que he recuperado mientras escribo estas líneas.
Reconozco mi desconocimiento sobre la música antigua y renacentista, pero siempre me ha resultado enormemente atractiva. Escucho un madrigal, un romance,  el sonido de laudes o vihuelas y de inmediato me transporto a elegantes salones, bellas damas, bailes galantes e intrigas palaciegas. Aunque a nivel social aborrecería retroceder a esas épocas – por mucho que algunos últimamente parezcan añorarlas  – por la música sí que me dejo atrapar. Y no hace mucho ha caído en mis manos la obra de un guitarrista algecireño, Francisco Valdivia, que ha conseguido ese efecto. Bebiendo de su especialidad en estas músicas y mezclando sabiamente con otra de sus pasiones, el progresivo de los setenta, ha grabado dos joyas llenas de magia, sensibilidad y buen gusto: El tiempo del sol y La sombra de la luna. Ambas gozan de una excelente factura técnica y son un ejemplo de cómo un elaboradísimo trabajo artesano puede dar un resultado muy profesional.
Sus influencias son innumerables, reconociendo el autor haber escuchado en su juventud hasta la saciedad a bandas legendarias como Jethro Tull o Pink Floyd, antes de zambullirse en la música del renacimiento. Al escucharlo, percibo que sus dedos se deslizan suavemente por las guitarras oscilando entre los encantamientos acústicos del primer guitarrista de Genesis y los más experimentales sonidos eléctricos del segundo. Así, temas como Nubes de luz o El tiempo del sol podrían haber formado parte del set acústico del mítico A trick of the tail , otros como Ceres nos acercan al space rock, la bellísima Las aguas de la reina del verano es puro Ant Phillips y su Historia del príncipe y los sapos azules podía estar incluida en cualquiera de los trabajos en solitario de Steve Hackett.
Crucial también la aportación vocal, tanto del propio autor como de su colaborador Pepe Miñarro, alguien capaz de enamorarnos con una voz que puede cantar a Monteverdi o a Bach para después formar parte de un proyecto tan especial  como este, al que además también aporta sus habilidades pictóricas.
Es evidente que, si se trata de música, no solo no importa sino que es recomendable dar idas y venidas al pasado mezclándolo sabiamente con el presente, sobre todo si los resultados del experimento son obras como estas. Para otras cosas, miremos mejor al futuro

martes, 22 de enero de 2019

En ocho sueños




Hubo un tiempo en que el arte gráfico estuvo indisolublemente unido al musical. Lo uno no se concebía sin lo otro y los músicos prestaban tanta atención al mínimo detalle de la carpeta que iba a contener su vinilo como a un determinado arreglo de cuerdas o a la correcta mezcla o masterización de sus canciones.
El punto de inflexión, como en tantas ocasiones, lo marcaron The Beatles con su inmortal collage de personas y personajes de su Sgt. Pepper, que impactó al mundo en el 67, no solo por la originalidad sino por el enorme número de detalles en los que el melómano podía deleitarse durante horas mientras disfrutaba escuchando el contenido. Con la llegada del CD se perdió un poco esa magia, pero algunos han querido conservar esa concepción de obra integral de épocas pretéritas.
Un buen ejemplo son los americanos Dream Theater, cinco virtuosos que aceptaron desde sus inicios que no había nada malo en dejarse influir por todo y de todos para conformar una carrera que, hoy por hoy, me parece impecable. Su guitarrista, John Petrucci, los definió en una ocasión como una esponja musical y le doy la razón. Quizás el disco donde más afianzan esa concepción de arte total es Octavarium. Todo en esa obra parece estar relacionado y formar parte del camino para llegar a alguna parte o volver al punto de partida. Jugando con los números - el ocho, el cinco y el tres - presiden su portada ocho péndulos. En su interior, un pulpo y una araña, ambas de ocho patas, unas fichas de dominó cuyo valor suma ocho y una estrella de cinco puntas dentro de un octógono. En su música, cinco instrumentistas y ocho canciones daban forma un disco que ocupó el octavo lugar de sus grabaciones de estudio. Y podría seguir...
Y si analizamos su contenido, incluso mejora la historia. Desde un inicio metalero a más no poder con The root of all evil seguido por la preciosa balada The answer lies within, pasando por referencias a bandas como U2 en I walk beside you o a sus coetáneos Muse en Never enough, lo más impresionante es su tema final, veinticuatro minutos de infarto dedicados a homenajear a sus grandes referentes, como Génesis, Yes, Pink Floyd o Marillion. La suite Octavarium es un monumento musical que demuestra que se puede ser fiel a los maestros y, a la vez, original y rompedor.
Pasearse por una obra así demuestra que en este siglo existe un remanente de genialidad y buen gusto, músicos que van un poco más allá del número uno en ventas o la búsqueda del éxito rápido. El teatro de los sueños todavía está abierto, sacad vuestra entrada.

martes, 15 de enero de 2019

Lo opuesto


No sé si recordareis aquel capítulo de la mejor sitcom de todos los tiempos, Seinfeld, en el que George Constanza, el sempiterno amigo del protagonista decidía, para que su vida cambiase, que iba a hacer siempre lo opuesto a lo que la lógica le dictase. ‘Evitaré cualquier llamada al sentido común o al razonamiento que pueda tentarme’ - declaraba George.
Pues la carrera de David Bowie está plagada de momentos así. Ocasiones en las que podía haber decidido continuar con el estilo de música que le estaba proporcionando éxito y, por contra, se lanzaba a una nueva piscina, una nueva aventura de inciertas consecuencias.
En poco más de una década, desde sus inicios como mod, pasó por el folk – su disco Space Oddity es un buen ejemplo -, reinó en el glam – con Ziggy como dueño y señor - , picoteó en el 'philadelphia sound', se zambulló en el krautrock berlinés con su amigo Eno, y acabó los setenta con el semi-experimental Scary Monsters. Y cuando la disco-music empezaba a decaer él, nuevamente, hizo lo opuesto a la lógica. Se asoció con Nile Rodgers, el líder de Chic y gurú del estilo, y consiguió que todo el mundo bailase al son que él había resuelto tocar.
Pero también, contraviniendo las normas estilísticas, incluyó la guitarra de un rudo tejano llamado Steve Ray Vaughan, que salpicó toda la grabación con unos inconmensurables solos de blues que han quedado para la historia.
El Modern love con el que comenzaba el disco dejaba claro que el de los ojos bicolor nos invitaba a movernos. Echando un mano de un tema co-escrito con su compinche Iggy Pop, rescató China Girl para hacerla ya eterna. Y el Let´s dance que daba título a su nuevo trabajo era toda una declaración de intenciones de lo que el nuevo Bowie ofrecía a la recién estrenada década de los ochenta, transformándose en uno de sus temas más fácilmente reconocibles desde entonces.
En sus trabajos siempre había sitio para lo extraño, como Ricochet, o para alguna versión, en este caso la de unos desconocidos Metro, de los que rescató la intensa Criminal World. Hasta tuvo incluso la desfachatez de versionarse a sí mismo con la revisión de Cat People, un tema poco antes realizado ‘a la limón’ con Moroder para un clásico del terror de los ochenta: El beso de la pantera.
Bailemos hizo rico a Bowie, que hasta ese momento había dejado escapar mucho dinero entre sus dedos – que aparecía en los bolsillos de su manager – por lo que no le salió mal la jugada y dejó claro que, en ocasiones, lo mejor que podemos hacer es pensar en cuál es la mejor opción y seguidamente hacer lo opuesto

martes, 18 de diciembre de 2018

Perdiendo los papeles


Si me dedicase a la crónica política, acontecimientos recientes en nuestras instituciones podrían relacionarse con el título de este artículo. Pero no, la historia no va por esos derroteros aunque yo piense que, efectivamente, esos papeles se están perdiendo.
Lo mío es más literal: ¿Acabará el uso del papel?. Se viene repitiendo desde hace años, aunque se sigue usando. Recibir el último número de la única revista especializada en jazz de nuestro país que continúa editándose en este formato, Más Jazz, me ha hecho recordar lo importantes que han sido los quioscos de prensa para mi formación cultural. Quizás más que cualquier biblioteca.
Recuerdo la emoción cuando mis padres me compraban los primeros Mortadelos. Creo que aprendí a leer con Ibáñez. De las tiras cómicas pasé a la ilusión semanal de los fascículos y mis visitas al quiosco de la Rambla Alfareros -  regentado por el padre de mi amigo Francisco Manuel – para comprar la enciclopedia de Jacques Cousteau, de bellísimas ilustraciones, que jamás logré completar. Más tarde, con las colecciones de libros, comenzaron mis lecturas más serias. Mi juventud se llenó de suspense y monstruos con aquella Biblioteca del Terror de tapas negras y letras de un sangriento color rojo. Y en la era de la incipiente ‘micro informática’ nunca faltó mi visita semanal para agenciarme el PC World, PC Magazine o cualquier revista que comenzase por esas entonces dos mágicas letras.
Y, por supuesto, gracias a las colecciones de vinilos mi cultura musical subió muchos enteros. El mejor complemento a la sabiduría del maestro Cifuentes era la colección Maestros del Jazz; y Maestros de la música me acercó mucho más a Beethoven y Mozart que la asignatura de música del instituto.
Bazares de las maravillas, fuentes de conocimiento sin fin en los que convivían portadas de banales revistas, o las muy subidas de tono – en cierta época exhibían más cuerpos desnudos que cualquier playa nudista – con sesudas colecciones de literatura y filosofía, o hasta cursos de ganchillo. Esas sucursales de la biblioteca de Alejandría regentadas por un amable quiosquero han ido languideciendo poco a poco, aunque persisten heroicamente unas pocas esparcidas por cada ciudad.
En esta época – llena de ventajas, no me quejaré de vicio – en la que los compradores de publicaciones en papel empiezan a ser considerados excéntricos, quería aprovechar mi último artículo del año para rendir homenaje a esos templos del saber que siempre hemos tenido a la vuelta de la esquina. Puede que hoy te hayas acercado a uno de ellos a comprar este diario donde me estás leyendo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Dejadme que os entretenga


Se apagaron las luces y comenzaron a revivir en la pantalla canciones e historias sobre cuatro tipos que marcaron mi adolescencia, y ya sabéis lo que afecta todo en esas edades de atolondramiento, acné y primeros amores. Mientras Freddie despertaba en la mañana del día en que asombraría al mundo en Wembley, yo recordaba una madrugada del 80 en la me vi obligado a escuchar a escondidas un disco de equivoco nombre. El motivo de esa clandestinidad era un castigo paterno que supo acertar donde más me dolía, una privación temporal de la música. Esperé a que toda la familia durmiese y entonces, con alevosía y nocturnidad, la electrizante voz de Mercury entonó para mí los cánticos a Alá de aquel exótico Mustapha. Una broma musical que actualmente, tal y como está el patio, podría haberle costado un disgusto. Así pues, Jazz fue mi bautizo con La Reina
Ahora, a casi cuarenta años de ese momento, vuelven a la palestra gracias al polémico ‘biopic’ Bohemian Rhapsody, un film muy recomendable como producto cinematográfico y una gozada a nivel musical, con detalles muy cuidados en ese aspecto. Su punto flaco, quizás, el repaso algo deslavazado a los acontecimientos más relevantes de esta banda legendaria, centrándose demasiado en su miembro más carismático, controvertido y, lo más importante, mas muerto.  Soy de los que opinan que el genio de voz cristalina, poses provocadoras y alma de cabaretera nunca fue su líder absoluto; para mi Queen se alimentó siempre de cuatro diferentes personalidades al servicio de una de las factorías más sobresalientes y extravagantes de la historia del rock.
Con ese disco, decía, comenzó mi idilio con ellos, quizás por acoger muy diferentes estilos en un solo vinilo. Maravillosas baladas como Jealousy o In only seven days, rock contundente en If you can´t beat them o la metalera Dead on time, acercamientos tempranos al funky-disco con Fun it y divertimentos atrevidos en Fat bottomed girls o la simpática Bicycle Race, con esas señoritas en topless que ahora no pasarían la censura de la policía de lo correcto. Nunca imaginé entonces que la energética Don´t stop me now pudiese formar parte de una reciente campaña política en nuestro país. Y al final, aunque ellos lo negasen, sí que sonaba un poquito de jazz en la deliciosa Dreamer´s ball, que alberga estructuras y sonidos que cabalgan entre el blues y el swing manouche.
Cuando la película finalizaba me emocionó ver a mis héroes saludando a la multitud en el famoso Live Aid. Y pensé que, como Freddie cantaba en los directos de esa época, lo único que deseaban aquellos cuatro fantásticos era entretenernos

martes, 4 de diciembre de 2018

¡Mas gaita, por Tutatis¡



Pisa con fuerza marcando el ritmo sobre el escenario, aferrándose a su instrumento como si le fuera la vida en ello y logrando extraerle lamentos que nos erizan la piel. Adopta poses que nos recuerdan a dos Jimmys legendarios, Hendrix y Page. No hace mucho Carlos Nuñez declaraba  “la gaita era la guitarra eléctrica de la edad media” y no le falta razón a uno de los músicos más inteligentes y virtuosos con los que nos podamos topar hoy en día, alguien que desprende una magia especial nada más comenzar a escucharlo.
Pero no solo el talento te lleva al éxito, también la diosa fortuna tiene que esbozar una sonrisa, y le sucedió, en plena adolescencia, cuando Paddy Moloney - gaitero de The Chieftains  - se fijó en él tras una audición en el conservatorio donde estudiaba. Al siguiente encuentro, en su Galicia natal, fue invitado ya a tocar con la mítica banda irlandesa, que pasaron a transformarse en unos padrinos ideales para alguien que deseaba profundizar en las raíces de la música celta.
Sus coqueteos con el pop - su música ha sido incluso sintonía de La Vuelta – puede que oculten la enorme figura que hay tras ese simpático y extrovertido flautista y gaitero que, haciendo realidad el eslogan de la sidra, ya es famoso en el mundo entero.
Desde su debut con el delicioso A irmandade das estrelas este vigués universal no ha parado de investigar, tratando de conservar las tradiciones del folk gallego y conectarlo con otras músicas. En Os amores libres, disco muy interesante, coqueteó incluso con el flamenco. Me  enamoró su colaboración con el gran Roger Hodgson en el exitoso Mayo longo. En Almas de Fisterra se acercó a las tradiciones de la bretaña francesa y, tras probar Mar adentro con Amenabar, incursionó de lleno en el séptimo arte con Cinema do mar. Incluso viajó al país del futbol y la samba para, con Alborada do Brasil, establecer conexiones entre lo celta y lo brasileiro.
Su último disco, Inter celtic, lo define como la música celta del futuro, colaborando nuevamente con sus queridos The Chieftains, los míticos Alan Stivell o Ry Cooder, e incluso probando sonoridades cercanas al jazz rock. Y acaba de publicar La hermandad de los celtas, un libro donde recoge todas sus investigaciones.
Muy pronto vamos a poder disfrutarlo en el Cervantes de nuestra capital y, muy al contrario que el bardo Asurancetúrix, aquel al que los galos maniataban sistemáticamente en todas sus celebraciones, los conciertos de Carlos Nuñez son un antídoto frente al aburrimiento, una fiesta de la música, la diversión y el buen gusto.
Yo de vosotros no me lo perdería,¡¡¡ por Tutatis !!!