domingo, 20 de mayo de 2018

El cantor de ditirambos




Surgió de entre el público, quedándose a un metro escaso de la primera fila. 'Salgamos al frio de la noche' comenzó cantar el hombre del triste semblante, el trovador de mil palabras en desuso: ditirambos, gallardetes o abrojos. Dice mi buen amigo el batería Dani Piedra que Manolo García, en su persecución del verso, descuadra tanto los compases que desorienta a sus músicos.

Comenzaba mi vida laboral cuando una antigua compañerame recomendó un disco de curioso título: "Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana", de una banda con nombre perdedor: ‘El último de la fila’. Los dos jóvenesde la portada iban a convertirse en leyendas y, aunque destacaba la chulesca actitud de Portet cigarrillo colgandode su boca, me llamó más a atención la abatidae intensa mirada de su compañero, un joven Manolo que no dista demasiado del enérgico músico que saltó al escenario del Auditorio de Roquetas de Mar hace unos días. Treinta y tres años han pasado y juntos llenaron durante más de una década un espacio musical hasta ese momento poco transitado, mezclando aires arábigo-andaluces con sonidos experimentales y contundencia casi punk. Dicen que, entre otras cosas, la banda murió por un asunto que sigue candente: Al guitarrista le incomodaba el castellano y el vocalista no se veía cantando en catalán.
Manolo tuvo que enfrentarse ese abismo denominado ‘carrera en solitario’, ysin renunciar a su estiloaunque dejando claro que su vena era más poética que roquera, se echó ‘Arena en los bolsillos’ yfacturó uno de los mejores trabajos del siglo XX.
La primera vez que lo vitambién fue en Roquetas yrecuerdo un concierto contundente y divertido. Manolo es un animal de directo y de nuevo he podido comprobarlo.
Cuando subió al escenario ya con la banda completa arropándole parecía llevar cantando un buen rato. Su actitud es la de un artista que disfruta y se entrega, que parece traer la camiseta ya sudada desde el camerino. A sus sesenta y dos años su voz suena tan afinada como potente y la forma física le acompaña. Sin abandonar su gestualidad característica, no se detiene un segundo, anda entre las butacas, tocando y dejándose tocar por su público. Posee repertorio más que suficiente como para no tener que tirar del de su antigua banda, así que inició un repaso exhaustivo y equitativo de sus siete trabajos, con especial atención, lógicamente, a su nueva criatura, "Geometría del rayo", un disco grabado entre Gerona y Nueva York, y con un plantel de músicos - con mayoría femenina - que impresiona.
"Fragua de los cuatro vientos" fue la iniciadora del set eléctrico, ya con toda suexcelente banda, formada por Ricardo Marín y Víctor Iniesta en las guitarras, el bajista Iñigo Goldaracena, Juan Carlos García en los teclados, el batería Carlos Sarda, los coros de Mone Teruel y, dando el necesario toque oriental, la violinista Olvido Lanza.
Nuevas también eran las contundentes "Humo de abrojos" y "La punta de mis viejas botas", demostrando ser capaz de facturar rock potente. Igualmentelas delicias acústicas “En tu voz” o “Nunca es tarde”, las pegadizas “Ardieron los fuegos” y “Océano azul”, o la bonita colaboración de su hermana Carmen en “Ruedo, Rodaré”.
Pero, lógicamente, la emoción subió hasta límites insospechados cuando se arrancó con sus clásicos, encabezado por ese “A San Fernando…” de guitarras afiladas, la igualmente potente “Si te vienes conmigo” o una de mis debilidades, “Prefiero el trapecio”. Como colofón parecía despedirse consu himno “Pájaros de barro”, pero un inesperado rayo sugirió “La bamba” como ultima tonada.
Saliendo del recinto pensé que si en ese momento pedían voluntarios para comenzar otro concierto, Manolo se colocaría el primero de la fila.

martes, 15 de mayo de 2018

De los libros se aprende


‘De los libros no se aprende…’, decía una canción de los Jarabe de Palo de principios de este siglo, quizás con un punto de sarcasmo – espero que sí – pero no puedo estar más en desacuerdo. Como melómano y músico – actividades compatibles aunque no siempre coincidentes – reconozco que sobrecargo de faena mis tímpanos, pero cada día encuentro siempre un hueco para incrementar mis dioptrías. Esto viene a que habitualmente escribo sobre sonidos pero hoy hablaré de letras. Tiene truco, porque la cosa va sobre la gran cantidad de músicos que existen en nuestro país. No me refiero a esos que inundan nuestras televisiones - algunos ‘bodrio-concursos’ aún resuenan en mis maltrechos oídos -, más pendientes de arrumacos que de las propias melodías. Me refiero a esos héroes, casi siempre anónimos, que luchan día a día por sobrevivir en un país en el que cuando decides dedicarte a la música de inmediato te preguntan “pero aparte de eso, ¿qué vas a estudiar?”. Como si el noble arte del aporreo del instrumento no fuese lo suficiente complejo de dominar y tuvieses que añadir más ingredientes a la olla.
Pues Antonio Cortés, que es un ingeniero soriano a quien hace muchos años le regalaron una cassette con jazz clásico que le hizo comenzar su idilio con esta música, empezó a preocuparse de que toda esa pléyade de instrumentistas patrios tuviesen algo más de visibilidad. Y aprovechando su reciente jubilación inició su proyecto con fuerza e ilusión. Ayudado por las redes sociales – que bien usadas son una gran herramienta para el ser humano – y los propios protagonistas, ha ido recopilando la vida y milagros de más de quinientos músicos de jazz ‘made in Spain’.
Yo me entero precisamente así de su cruzada, sorprendiéndome que alguien se preocupase por añadir unas líneas sobre mí en un entonces proyecto de obra, y aunque estuve tentado de contestar que no merecía yo tal honor, al final ganó mi orgullo y accedí a enviarle mi modesto curriculum musical. Cuando recientemente abrí las páginas de “Jazz en España” y comencé a ojearlo, no pude por más que tragar saliva e intentar no sonrojarme demasiado al verme aparecer junto a muchos de mis grandes ídolos – Montoliu, Iturralde, Pardo, Salvador, Mezquida o Bover – algunos lamentablemente desconocidos para el gran público - , y formar con ellos parte de la historia de esta bella música.
En breve Antonio visitará nuestra tierra presentando a la criatura, así que no hagamos mucho caso al Donés – quien, por cierto, acabó escribiendo el propio - y demostremos que en Almería si aprendemos de los libros.

martes, 8 de mayo de 2018

Sonó la campana


Hablaba el otro día desde esta misma columna sobre cómo algunos discos marcan vidas y mi caso no es una excepción. No me refiero esos estériles rankings del tipo ‘que disco te llevarías a una isla desierta’ – ¿para qué acarrear con ellos a donde difícilmente podrías reproducirlos? – sino a esos que, echando un vistazo a tu historia personal, hicieron que tomases decisiones que han permanecido hasta la fecha.  Cuando cumplí los catorce lo celebré posando sobre mi tocadiscos una de esas obras que te giran la cabeza. Se llamaba Tubular Bells. Y su autor era un tal Mike Oldfield, quien había comenzado a componerla con solo un par de años más de los que yo contaba en ese momento.Con una infancia complicada que le llevó a ser bastante introvertido, pero a su vez rodeado de estímulos artísticos – sus dos hermanos mayores, Terry y Sally, también eran artistas – comenzó muy pronto a tomar la música como un desahogo, una vía de escape a sus problemas familiares y cuando contaba con escasos quince años ya había grabado su primer disco, junto a su hermana, con la que formó el dúo ‘Sallyangie’. Esa misma precocidad le llevó a presentarse a unas pruebas como bajista para la nueva banda del guitarrista Kevin Ayers, bajo cuyas alas se curtió en lo tocante a la experimentación con sonidos y ritmos e ir elaborando en su mente el mapa de lo que en breve iba a ser una pieza fundamental en el mundo del rock progresivo. Su curiosidad también le llevó a escuchar a minimalistas como Riley y a clásicos como Sibelius de tal forma que la coctelera estaba lista para sintetizar todo eso y parir su obra magna. Como el azar siempre cuenta, un emprendedor apellidado Branson, fundador de una Virgin Records tan reciente que aún no tenía catálogo, le ofreció su estudio-mansión como refugio y allí recaló para ir grabando golpe a golpe, verso a verso – es un decir, porque pocas palabras hubo en ella – una pieza tan extensa que de milagro entraba en un vinilo. Y tanto golpeó unas campanas en forma de tubo que, no sin dificultades, se empeñó en incorporar a la grabación, que acabaron dando nombre a la obra e imagen a su singular e icónica portada.Sin llegar a la mayoría de edad, y casi sin proponérselo, se había convertido en una celebridad. Tanto me impresionó todo lo contado y, sobre todo, todo lo que escuché que no fueron pocas horas las que yo también pasé en mi habitación intentando imitar al genio y emulándolo en su empeño de grabar cada instrumento enfrentando un magnetófono a otro. Paciencia sí que le eché pero, en mi caso, no sonaron tan claramente las campanas.

martes, 1 de mayo de 2018

Bendito insomnio


Nuestras televisiones consideran que para deleitarse con buena música en directo es condición sine qua non  ser trasnochador o directamente insomne. Por lo  que hay que tenerle mucho amor a la música sin trampa ni cartón - la otra sí que la pasan en prime time - para disfrutar de lo que nos ofrecen en esos horarios tan intempestivos.
Me ocurrió hace un par de años que de repente, a esas horas, una voz y un piano captaron mi atención de tal forma que creo que nunca un madrugón me ha sido tan productivo y placentero. Me topé con una banda con un nombre que lo mismo evocaba magia medieval que a un personaje mafioso de los bajos fondos: Morgan, un nombre fácil de pronunciar y recordar, que es lo que realmente ellos iban buscando. Y esa voz, que amenazaba con romperse en pedazos cuando menos te lo esperases, era la de Carolina de Juan.
A punto de emigrar al país de los tulipanes, Nina mostró sus composiciones a Paco y Ekain, guitarrista y batería respectivamente, que entendieron al instante que merecía la pena montar una banda que las arropase y convencer a esa joven con ansias de aventura de que aplazase su viaje. Meses más tarde, con un solo disco bajo el brazo y currándoselo concierto a concierto – y sin ayuda de ‘operaciones triunfalistas’ ni reclamos eurovisivos - , comenzaron un ascenso que les ha colocado en un lugar privilegiado del rock patrio.
Nina canta a las emociones - le da igual que sean negativas o positivas - como pocas voces de nuestro país pueden conseguir, y ya lo hacía en ese disco debut, "North", una cuidada producción con la que el mundo conocía sus apasionantes composiciones.  Y justo ahora, sin haber terminado la gira del disco anterior, se descuelgan con una nueva tanda de canciones que vuelven a dejarme desarmado. Difícil definir todo lo que encierra este ‘Air’, porque desde su inicio "pinkfloydiano" emprendemos un viaje que nos pasea por el rock, el soul y el rhythm´n´blues de tal forma que, por momentos, parece que los Wilco hayan resucitado a Janis Joplin para cantar con ellos, o que la E Street Band hiciese lo propio con Etta James.
Sus canciones nos hablan del planeta, de la emoción de las giras y la carretera, de ausencias, de no temer a ser feliz o de no querer casarse. Canciones que suben, bajan, explotan, ríen y lloran. Solo nueve temas - ¿hacen falta más? – que no sabíamos que eran tan necesarios hasta que no los hemos escuchado.
Desde aquella noche de hace dos años fantaseo con encontrar a otros Morgan en la madrugada. Por lo pronto a ellos ya se les puede escuchar a plena luz del día. Disfrutémoslos mientras nos dejen.

martes, 24 de abril de 2018

Guitarras chinas en Cartagena


Que hay discos que te marcan es algo que no tiene que contarme nadie porque mi vida está llena de ellos. Pero me encanta encontrar por el camino a compañeros que te cuentan la historia de esa grabación que le cambió la vida. Y la de Fernando Rubio está claro que dio un giro cuando escuchó aquel triple vinilo llamado ‘The last waltz’, donde una de las bandas más míticas de la música americana, ‘The Band’, decían adiós a una carrera corta pero tan intensa como solo el rock puede proporcionarte. Pero Fernando no estaba en el sur de los EEUU, sino en el de nuestro país y muy cerca de aquí,  en una ciudad también llena de historia: Cartagena.
El azar hizo que hace casi dos años nos conociésemos en un escenario muy alejado de nuestros calores sureños, en la burgalesa localidad de Frías. Y allí, oh casualidad, participábamos en un festival que conmemoraba los cuarenta años de ese mítico concierto, ese último vals donde se dieron cita algunos de sus referentes musicales: Dylan, Neil Young, Clapton o Van Morrison.
Prácticamente unos minutos después de cruzar unas palabras nos subimos a ese escenario para calentar motores con la banda a la que ambos pertenecemos, Bantastic Fand.
Por eso es para mí tan especial que este gran guitarrista, compositor, cantante y arreglista, presente su segundo trabajo en solitario que, en mi opinión, es el que va a hacer que se le empiece a considerar como merece.
Y es que pocas veces se sienta uno a escuchar un disco en el que el resultado final sea tan superior a los medios con los que ha contado para su realización. Sonido impecable, arreglos preciosistas y variados, unos músicos – casi todos de su tierra – dándole un soporte fabuloso en cada una de las composiciones. Y mucho trabajo y corazón, claro.
La mano “bantastica” ha sido larga y prácticamente toda la banda participa en mayor o menor medida, pero también otros colegas de Rubio que lucen al mismo nivel. Escuchareis ecos de Dylan o Young, pero también de los de Liverpool, sobre todo Harrison, incluso del Petty más británico o de bandas como The Cars, con temas que rozan el power pop, aunque prima el ‘americana’, con gotitas de blues y soul. Alterna temas que evocan al sol de invierno o la contemplación de las perseidas en una noche de verano, con otros más enérgicos en los que recuerda a viejos amigos que lo daban todo en el escenario o evoca a sus demonios más internos. Pero su filosofía podría resumirse en el que da título a su trabajo: no importa lo que hay detrás de cada artista si su canción te llega al alma, aunque para ello se ayude solo de una guitarra china barata.

martes, 17 de abril de 2018

Mola

Es injusto que una carrera brillante te deje mal sabor de boca y algo así pasó con aquel fallido intento de conexión con las nuevas generaciones llamado “Mola mazo” que dio tanta vergüenza ajena al escucharlo como cuando algún familiar de cierta edad te suelta  “vas a dar un voltio” o “guay del Paraguay” y no sabes dónde meterte.
Uno vale lo que su obra completa y no hay que juzgar por un pequeño patinazo. Así que hace poco, debido a ciertas coincidencias, decidí bucear un poco en la discografía de nuestro alcoyano universal, ese Camilo que hizo realidad eso de la ‘fe en tus posibilidades’ que tanto se asocia a su ciudad.
De allí salió bien joven dispuesto a comerse el mundo con ‘Los Dayson’ en un Madrid sesentero donde se adivinaban colores tras tanto blanco y negro. Como mandan los cánones – los triunfitos poco saben de eso – pasó momentos de miseria, alternados con golpes de suerte como sus apariciones en algunos films de la época, “Los chicos del Preu” o “Hamelin”, ya como voz cantante en ‘Los Botines’.
Punto de inflexión fue su mili, en la que recaló en nuestra Almería. Cuentan los veteranos que algunos fines de semana acudía a la terraza del Club Náutico y los ‘Teddy Boys’ le invitaban a cantar “Please release me”.
Tras el parón militar su suerte cambió de un brinco: Juan Pardo reparó en él y lo puso en la órbita musical del momento. No solo era una buena voz y una cara bonita – las féminas se lo rifaban – también tenía talento para la composición. De su mente surgieron éxitos que han pasado a la historia de la música melódica en castellano: “Algo de mí”, “Quieres ser mi amante”, “Jamás”, la deliciosa “Melina” o ese himno llamado “Vivir así es morir de amor”. Hito en su carrera fue la aventura ‘superstar’, arriesgando en lo artístico y en lo económico cuando en nuestro país no había más musicales que las revistas de Lina Morgan. Con la ayuda de Teddy Bautista dejó para la historia unas representaciones y una grabación alabadas por el propio Lloyd Webber. 
Voz fascinante, talento para contar el amor, actitud y profesionalidad impecables en los directos – nuestro Chipo da fe, que se lo cruzó más de una vez por los escenarios -  y, por supuesto, su buena planta, hicieron de Camilo una súper estrella en los 70. El agotamiento, su paternidad y algunas “movidas” – las musicales y alguna personal - apagaron su estrella poco a poco en esta España que tan poco aprecia lo suyo. En su segundo disco – quizás mi favorito – decía ser “Solo un hombre”. Creo que fue algo más, así que dejad a un lado los prejuicios y escuchadlo con tranquilidad. Os vais a sorprender.

martes, 10 de abril de 2018

Nos vamos de celebración


Eran días de continuos descubrimientos musicales aquellos inicios del ya lamentablemente extinto festival de jazz de nuestra ciudad. En sus primeras ediciones se concentraban en tres jornadas todas las posibilidadesde deleitarnos con grandes músicos de calado internacional que se dejaban caer por un Cervantes que aún no había tocado fondo y vuelto a resurgir.
Ese 1987 fue el mismo en que un bluesman de faz demoniaca llamado Albert Collins nos dejó con la boca abierta saliendo hasta El Paseo guitarra en ristre. Pero un par de días antes dos sencillos guitarristas nos ‘volaron la cabeza’ a más de uno en las butacas de nuestro querido teatro.
Esa  noche yoiba con la intención de disfrutar del guitarrista de moda en el jazz-rock, John Scofield, pero me di de bruces con una sorpresa y que la música te pille desprevenido es una de las sensaciones mássatisfactorias de la vida del melómano. Y ocurrió con Eduardo Niebla y Antonio Forcione, unos músicos desconocidos para un aficionado al jazz de provincias. Armados solo con dos guitarras acústicas esa pareja me iban a dejar tan impresionado que el concierto de Scofield me supo a poco.
Recuerdo con claridad el prístino sonido que sacaban de esas doce cuerdas, que no solo usaban como guitarras, sino también como bajos o instrumentosde percusión, aderezando algunas interpretaciones con suaves sonidos sintetizados que, en su justa medida, daban un toque más mágico. Por momentos mehacían recordar al mejor Django y en otros se escoraban hacia los sonidos flamencos o la fusión con otras músicas étnicas, todo ello puesto al servicio de una elaborada técnica, dominio de la improvisación y una complicidad sorprendente entre ambos.
Vivamos en una Almería culturalmente muy  aislada y para encontrar su último L.P., una joya llamada “Celebration”, aproveché una estancia en la capitalrecorriendo algunas tiendashasta que lo pesqué en Ríos Rosas.La cafetería Gladys programó algún que otro conciertoy pocos años después repitieron allí, pero desde entonces no hemos tenido la suerte de volver a acogerlos. Hoy en día no continúan como dúo, aunque permanecen en activo con interesantes carreras.
De ese último concierto mi buen amigo Jose María encontró no hace mucho el pequeño programa de mano y, como si hechicería telepática se tratase, días después le sorprendí yo desde Candil con el especial dedicado a este disco.
Sicierro los ojos y pienso en esos días de mocedad jazzística siempre me viene a la cabeza una de las composiciones másmíticas de esta pareja: ‘For Vic’. Y escuchar esa canciónsí que es una auténtica celebración.